Nerea Bárez. Psicología y Neurociencia

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El amor a los propios errores

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Cuando hablamos de autoestima, parece que nos referimos sobre todo, a la capacidad para decirnos cosas buenas a nosotros mismos. Querernos, apreciarnos, ver nuestros puntos fuertes, nuestro lado positivo.

En realidad, la autoestima sana incluye la autocrítica; aceptarse a uno mismo incluye poder decir lo que no se nos da bien, lo que hacemos mal, lo que no es bonito.

Para entenderlo, pensemos en el origen de la autoestima. El concepto que tenemos de nosotros mismos se va construyendo en estrecha relación con lo que los otros nos transmiten. Los mensajes directos e indirectos de nuestros padres, profesores, familiares, amigos van aportando información a la idea del Yo que vamos desarrollando, como si de un espejo se tratase. El ser humano tiende a definir a los otros en categorías con polos opuestos (listo-tonto, bueno-malo, guapo-feo) y cada uno, en función de nuestro entorno y las comparaciones realizadas con éste (propias y ajenas) nos hemos ido posicionando en un punto de estas dimensiones.

Lo que los otros nos dicen forma parte de lo que somos.

¿Y cómo comienza esto? En la más tierna infancia. En realidad, las primeras construcciones verbales sobre este autoconcepto aparecen probablemente en torno a los 4-5 años, cuando el niño comienza a ser consciente de cómo sus mayores le ven. Al igual que sabemos nuestro nombre porque los demás nos llaman, sabemos cómo somos en gran parte, por lo que los demás nos dicen. Nada debería por defecto ser valorado como positivo o negativo, al igual que no debería serlo ser blanco o negro, rubio o moreno, alto o bajo. Pero parece inevitable terminar categorizados como cosas buenas o malas: niños tranquilos (o nerviosos), estudiosos (o vagos), sociables (o ariscos), buenos (o traviesos….)

Y esto comienza formando parte de nuestro autoconcepto.

La valoración empieza por lo tanto, en otra dimensión. Y es que las palabras importan, pero incluso más, importan las miradas y los gestos con las que las decimos. Podemos aprender a sentirnos mal por ser inquietos, o por no aprobar matemáticas. Podemos pensar mal de nosotros mismos por casi cualquier aspecto del temperamento o la personalidad, sintiéndolo incluso como algo desterrable si nuestros padres u otras personas significativas nos lo señalan con mirada de desaprobación. Estos mensajes se van guardando en nuestra memoria, generando un esquema interno que nos va diciendo quienes somos, y si esta forma de ser, es valorada o no.

Por el contrario, si el mensaje que va llegando es de aceptación, también podremos llegar a sentirnos bien, a pesar de ser malos en matemáticas. Si simplemente nos ayudaron a identificar nuestros puntos fuertes y débiles, con miradas de aceptacion y sin juzgarnos (ni pretender cambiarnos), así aprenderemos a mirarnos. Y podremos decirnos lo “torpes” que somos jugando al futbol, con una sonrisa, y sin ganas de mejorarlo.

Igualmente, una autoestima sana no se limita al propio individuo. La autocrítica al grupo (a lo que también de alguna manera es nuestro, como la familia, los amigos, la cultura, la especie….) es señal de una sana percepción de uno mismo. Por eso también resulta sano poder mirar a nuestro entorno y pensar ¿todo lo que hacen está bien hecho? ¿o son seres humanos y por lo tanto, habrán tenido fallos?

Darse permiso para cometer errores, para tener rasgos “menos valorados” socialmente, para fallar o para voluntariamente, no querer hacer algo, es parte de la libertad que da aceptarse y valorarse tal y como uno es.

Piensa en esto:

¿Qué de ti valoras como “malo”? ¿Se lo cuentas a los demás? ¿O lo escondes e intentas disimularlo?

¿Qué no sabes hacer? ¿Sientes presión para cambiarlo?

¿Qué no sabe hacer tu familia? ¿Puedes decírselo a otra persona sin sentir que estás cometiendo una traición?

¿Qué aspectos de tu cultura no son ideales? ¿Podrías hacer un chiste con ello y contárselo a alguien de otra cultura?

escrito por Nerea Bárez (psicóloga)

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Esta entrada fue publicada en 1 agosto, 2015 por en Artículos, Psicología y etiquetada con , .
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