Nerea Bárez. Psicología y Neurociencia

Opiniones, artículos y noticias de psicología y neurociencia

Saber cuánto comer

comida

La función nutricional de la alimentación ha quedado restringida a un segundo plano en nuestra vida cotidiana. La alta cocina es casi antónimo de nutrición: los alimentos que disfrutamos en un restaurante de lujo no son necesariamente los saludables, nutritivos o adecuados a nuestras necesidades. Son placenteros, emocionantes, divertidos.  A pesar de los avances científicos actuales que permiten conocer con exactitud qué comemos y qué debemos comer para estar sanos, la cosa no parece ser muy alentadora. Varias de las principales causas de muerte del ser humano están asociadas directa o indirectamente a una alimentación deficiente (obesidad, enfermedades cardiovasculares, trastornos alimentarios) Comemos (o dejamos de comer) por causas muy diferentes a la de alimentarnos o nutrirnos. La ingesta de alimentos es casi un hobbie.

Hay cantidad de elementos implicados en nuestra relación con la comida. En este artículo trataré de centrarme solo en uno de los parámetros: la cantidad.

Es cierto que posiblemente y en general, comamos demasiado. Si observamos nuestros hábitos veremos lo “desnaturalizado” que está todo en nuestro día a día. Hemos llegado hasta a perder la capacidad para saber cuánto debemos comer. Comemos a las “horas de comer” y no cuando sentimos hambre. Enviamos mensajes a los niños del tipo “no comas ahora eso que se te quitará el hambre y luego no comerás”. La hora de la comida parece algo sagrado, que no se puede adelantar ni atrasar en función de la necesidad. Comemos menús de 3 platos por costumbre. Nos terminamos los platos para no despreciar a quien nos los ha cocinado. Cenamos a horas  absurdas porque es la hora de la cena, sin tener en cuenta la necesidad real del organismo. Festejamos cualquier cosa con comida. Quedamos con alguien “para tomar algo”. Hacemos ofrendas a otros preparando comidas ricas. Somos esclavos de los rituales externos para alimentarnos.

Sin embargo parece que en los primeros meses de nuestra vida, la cosa no va así. El bebé al nacer tiende a activar ciertos de mecanismos que le alejan de la sobreingesta de comida, cuenta con un mecanismo innato de autorregulación energética, es decir,  capacidad instintiva para comer hasta donde necesita. Hay por lo tanto un reflejo fisiológico que hace que el niño sepa cuándo está lleno y ya no necesita más, algo que parecemos ignorar. Curiosamente, este mecanismo funciona perfectamente hasta que los padres comienzan a ejercer control sobre el ritmo de alimentación del bebé. Y hay varias formas de deteriorar este proceso. Una, alimentar cuando “toca” y no cuando el bebé realmente siente hambre. Así el niño puede ir ignorando sus señales internas y dejar al control externo (parental) cuándo y cuánto debe comer. Otra, dar de comer siempre que el bebé llore o se queje. Dar por hecho que cualquier expresión de dolor es en realidad hambre, hace que el niño pueda dejar de diferenciar entre hambre y emoción, potenciando la tendencia a la “alimentación emocional” (comer cuando estamos estresados, ansiosos, tristes, aburridos….)

Si confiásemos en este mecanismo de autorregulación innato, asumiríamos que el ser humano nace con una cierta sabiduría fisiológica que le permite saber si tiene o no tiene hambre. No existen cantidades absolutas que el niño deba comer; esto siempre es una cuestión subjetiva que imponen los adultos que proporcionan el alimento. El bebé puede perfectamente dejar de comer cuando se siente saciado. La obligación de continuar comiendo, o de “terminarse el plato” a un niño que ha declarado no tener más hambre, implica un riesgo de sobreingesta. Al fin y al cabo la alimentación es una función fisiológica que nadie más que el propio individuo puede gestionar. Igualmente, se va rompiendo la asociación entre la comida y su función; el niño aprende que no debe comer por hambre, sino que otros factores (los horarios, los rituales, la comunicación) son prioritarios. La comida adquiere por lo tanto un significado y un valor más allá de la necesidad de alimentación.

Existe en definitiva un control externo de la alimentación, que inevitablemente comienza en la infancia. Sin duda, los padres deben ejercerlo, ya que el niño por si mismo no puede obtener el alimento que necesita. Sin embargo el control no debe abarcar todos los elementos implicados en el acto de comer. Puede ser una cuestión compartida: el padre ofrece el alimento y el niño decide cuándo tiene hambre y cuándo está saciado.

Parece complicado esto de confiar en los niños, criaturas indefensas que aparentemente son ignorantes. Sin embargo es probablemente fundamental aprender a respetar sus ritmos, entender sus señales de hambre y saciedad, y no forzar la máquina. A pesar de la gran plasticidad cerebral con la que nacemos, señal de una inmadurez evidente, venimos al mundo con ciertas capacidades básicas, como la de querer comer y saber cuándo parar. En este sentido, es muy posible que los bebés sean más capaces que los adultos de reconocer sus señales internas. Y permitir que lo hagan puede ser un buen paso para prevenir futuros problemas en este área.

Artículo escrito por Nerea Bárez (Psicóloga)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en 17 agosto, 2015 por en Artículos, Psicología y etiquetada con , , .
A %d blogueros les gusta esto: