Nerea Bárez. Psicología y Neurociencia

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Pensando en… paciente o cliente

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Desde hace tiempo en psicoterapia parecer existir una dificultad para llamar al receptor de los servicios psicológicos de una manera única. Hay quien le llama paciente, hay quien elige cliente, y hay quien, en un acto desesperado por huir de acepciones que considera erróneas, elige cosas como usuario.

En mi caso, desde que comencé a trabajar en este ámbito clínico de la psicología, elegí la palabra paciente. He recibido varias señales de molestias por ello, curiosamente, siempre desde mis colegas de profesión. Para mi sorpresa e ingenuidad al respecto, este término insulta a muchos psicólogos, pero no a pacientes. Los pacientes según mi experiencia quieren ser pacientes. No se sienten mal o insultados por serlo. No dejan de sentirse responsables de su vida por ello. No se siente más enfermos, o estigmatizados. Simplemente se sienten usuarios de un servicio sanitario debido a su “padecer”, entiéndase éste por sufrimiento psicológico en una u otra versión. 

Como un niño ingenuo que usa una palabra sin más, y luego empieza a recibir críticas y castigos por ello, me he visto obligada a hacer un análisis del significado de esta palabra, así como a pararme a redecidir sobre mi elección al respecto. Y tras un breve pensamiento, y un par de conversaciones (con no psicólogos, que a veces ven con mayor claridad…) he optado por continuar usándola.

En primer lugar, resaltar que paciente en contexto sanitario lo usamos como sustantivo, y la palabra proviene del latín patiens, que significa sufriente. Aunque como adjetivo se refiera a persona que tiene paciencia, nosotros no hablamos de personas pacientes, sino de pacientes, padecientes, esto es, personas que sufren.

Partiendo de ahí, me planteo como hemos llegado a considerar esto ofensivo. Y me remonto a la historia. Pienso que el problema con este término surgió hace tiempo, y la necesidad de cambiar alguna de sus connotaciones apareció como fruto de una decisión ahora ya algo antigua. Alguien hace décadas (posiblemente Rogers y el movimiento humanista) se esforzó en enfatizar el papel activo de quien realizar una psicoterapia. Hasta ese momento, al parecer, los psicoanalistas y psiquiatras llamaban a sus pacientes así, pacientes, heredando de la tradición médica la concepción pasiva que tiene quien padece, quien además de padecer, es paciente con su tratamiento.  Usaban más su connotación como adjetivo, es decir, alguien con paciencia. Alguien que espera tumbado mientras pasa la fiebre y su médico le pone ungüentos en la frente, puesto que poco más le queda por hacer.

Entiendo en este contexto que alguien quisiera distinguirse; tumbarse mientras te hacen sin poder cambiar ni decidir no suena a nada muy positivo para quien se somete a un tratamiento, aunque he de decir que en muchas ocasiones, esto forma parte de la atención médica, sin que suponga una acción maligna por parte del sanitario en cuestión.

Entiendo pues, en este momento histórico, que alguien quisiera transmitir su respeto por el paciente, que los psicoterapeutas humanistas pensaran que era más digno considerar cliente al receptor del servicio psicoterapéutico para darle más derechos, para no someterle a la camisa de fuerza o encierro psiquiátrico.

Pero hoy, en el 2016, nadie entiende así la salud mental. Nadie al menos que haya mantenido su dignidad profesional y su saber deontológico considera al “padeciente” como un ser pasivo e inmóvil que nada pueda o deba hacer por su propia salud. Cualquier psicólogo que ejerce, sabe que el paciente es alguien que debe hacer. El propio paciente lo sabe. No obstante, ha llegado el punto en el que creo que es el psicólogo quien se quiere convertir en paciente, en este caso, de paciencia. Quien quiere esperar pasivamente a ver como su cliente ejerce un cambio decidido por sí mismo, quien se responsabiliza de la terapia y quien hace. Mientras el psicoterapeuta, respetuoso y paciente, mira y espera. ¿No estaremos llegando a un punto absurdo y desesperanzador para la propia profesión?

Como psicóloga sanitaria, psicoterapeuta, o como queramos llamarlo, actúo. Pongo en marcha mis conocimientos técnicos cuando tengo a alguien que pide mis servicios, y ejerzo mi profesión. Actúo, ejerzo, trato, hago terapia. Y quien se sienta en frente, la recibe. Es responsable 100% de su cambio, pero no de la terapia. Yo explico las reglas de la misma; describo cómo creo que quien padece sufrimiento ha llegado a padecerlo; busco el origen de problema, e intervengo técnica y estratégicamente con mis conocimientos sobre su problema. Y el paciente actúa e interactúa. Ambas partes, psicólogo y paciente tienen paciencia; ambos hacen y esperan al cambio. Ambos lo desean. Ambos colocan piezas del puzzle. Es proceso de igualdad, pero con roles diferentes. Y ambos respetables, responsables, activos y pacientes, de paciencia.

Además, quien recibe esta terapia, es una persona con sufrimiento psicológico. No un loco en el peor de sus sentidos, que deba ser encerrado y olvidado… hace tiempo que superamos esto. Siempre será entendido y tratado como persona digna, con derechos, en uso de sus facultades mentales, inteligente y sabio sobre sí mismo, pero que sufre. El sufrimiento o padecimiento psicológico forma parte de nuestra salud y de nuestra enfermedad. La salud mental no es un insulto, es un derecho. Y por lo tanto, el padecimiento también lo es. Tengo derecho a ser paciente de salud mental cuando existe un sufrimiento o padecimiento psicológico, y no por ello, soy ser pasivo y sin derechos. Hemos luchado mucho para que la psicología se considere rama seria de la sanidad. En ello estamos, a pesar de autoboicot de los propios psicólogos.

Quien es paciente, padece y tiene paciencia. Tiene derecho a buscar un profesional que sepa qué hacer. No a alguien que solo le devuelva sus responsabilidades y le llame cliente (aunque no pague) para considerar que el servicio es de consumo, no de salud. Espero a alguien que sepa ayudarme, que sepa decirme qué me pase, que invierta gran parte de su tiempo y vida a aprender sobre esa área de la cual yo no sé. Y que me transmita esos conocimientos a través de su práctica. No quiero ser alguien a quien responsabilicen totalmente de lo que sucede en ese tratamiento. No quiero que el fisio me diga “yo no pienso decir cómo mover tu brazo, eres tú la responsable de ese movimiento y quien decide si moverlo o no”. Quiero que lo más importante que defina nuestra relación sea mi sufrimiento (paciente) no mi dinero (cliente).

Ser paciente es un derecho, la palabra no implica desprecio. Y ser psicoterapeuta implica responsabilidad. El miedo a asumirla tal vez nos lleve por terrenos extraños. Pero los eufemismos no son más que vías de escape.

Nerea Bárez (Psicóloga)

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Esta entrada fue publicada en 12 febrero, 2016 por en Artículos, Pensamientos, Psicología, Psicoterapia y etiquetada con , , .
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