Nerea Bárez. Psicología y Neurociencia

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De patentes y trileros

Dedico este artículo a reflexionar sobre una idea que viene tiempo preocupándome: la de que en psicología existen procedimientos terapéuticos que, por cuestión de formación y copyright, no cualquier psicólogo sanitario habilitado puede emplear. Una idea falsa que considero imprescindible aclarar, y que quisiera ayudar a otros colegas con dudas a despejar también.

En un mundo completamente competitivo, la mayoría de países establecen entre su normativa sobre patentes la prohibición de registrar los procedimientos médicos. Es decir, cualquier invento es patentable, algo que se hace para estimular la investigación y la inversión privada en este campo. Sin embargo, existe un común acuerdo en que las técnicas terapéuticas y los procedimientos médicos no deben ser parte de lo que un país permite patentar. ¿Por qué? Numerosos argumentos se esgrimen desde las organizaciones médicas. Principalmente, relacionados con los principios éticos inherentes a la profesión. Las patentes de procedimientos médicos podrían afectar a la atención prestada a los pacientes: aumentaría el coste de la atención médica y los costes de los seguros; se restringiría la cantidad de médicos con licencia para aplicar dichas técnicas o procedimientos (aunque estuvieran capacitados para hacerlo) y esto directamente, restringiría el número de pacientes que pueden beneficiarse de estos avances; aumentaría el miedo entre profesionales médicos de introducir en su práctica clínica nuevos procedimientos, ante el desconocimiento sobre la titularidad de las patentes de dichas técnicas y sus derechos a aplicarlas; reduciría notablemente la obligación ética del médico a transmitir y enseñar conocimientos a sus colegas, y en contrapartida, a aprender y actualizar sus conocimientos. Habría una cantidad determinada de médicos con licencia para ejercer, y por lo tanto, capacidad para aplicar técnicas, que no podrían utilizar avances demostrados útiles para los pacientes por estar bajo licencias y patentes de quienes las han desarrollado. Esto supondría que solo unos pocos pacientes privilegiados podrían acceder a los conocimientos médicos más avanzados, y normalmente, pagando altas tarifas por ello.

¿Cómo se compensa esto en la ciencia médica? Invirtiendo por parte de las entidades públicas y privadas en investigación y desarrollo. El médico contratado entiende como dentro de sus funciones el desarrollo de nuevos procedimientos, por lo que ya está cobrando por ello dentro de su trabajo. No debe conseguir el dinero a través de la patente y por lo tanto, repercutiendo el coste en el paciente. Sino que es el país de referencia el que se encarga de ello.

Bien, el panorama médico recoge esta perspectiva, y eso que hace que un médico que deba aplicar un nuevo procedimiento con un paciente, se sienta capacitado para hacerlo, pueda dar difusión de la técnica y pueda ponerlo en práctica conociendo el procedimiento a través de formaciones, congresos… pero principalmente, publicaciones científicas. La idea está clara, se haga o no se haga, y dependa finalmente como tantas otras cosas del profesional que toque. Sin embargo, esa es la base.

¿Qué sucede en psicología? Algo nada parecido. En primer lugar, la administración y las entidades privadas invierten más bien poco en investigación y desarrollo en este campo. Somos una disciplina que proporcionalmente, resultamos una anécdota en el sistema público de salud (hay un número ridículo de psicólogos clínicos contratados por la administración si tenemos en cuenta el ratio por ciudadano, y comparando con cualquier otro tipo de profesional sanitario). La inversión pública en investigación en psicología es igual de ridícula, y normalmente, se hace en universidades a través de contratos y becas precarias que hacen que el profesional que investigue no disponga de auténticos medios para hacerlo (acceso a pacientes reales, trabajo de “campo” clínico…) . Y a nivel privado, pocas son las entidades que entiendan que se debe pagar una cantidad importante de dinero a psicólogos para que investiguen y desarrollen conocimiento psicoterapéutico.

¿Qué hacen entonces algunos profesionales del gremio para sobrevivir y compensar esta falta de inversión pública y privada en I+D? Inventan sus propios procedimientos, los desarrollan, publican y difunden a través de redes profesionales. Hasta ahí, estupendo y bienvenido sea. El problema es que suelen acompañarlo con un envoltorio de patente, aunque no sea legalmente posible. Se crean estructuras y organismos muy complejos que van generando artificiales jerarquías de profesionales, siendo finalmente solo unos pocos quienes consiguen adquirir el deseado rango de “experto” en dichos procedimientos. El camino para ello es bastante tortuoso: porque se organizan las formaciones como extensiones y derivaciones eternas (niveles, capacitaciones, grados…) y se ponen nombres rimbombantes asociados a cada paso de cada técnica que se acompañan habitualmente del símbolo ©.  Esto hace pensar a quien “compra” dicho procedimiento, que solo quien se lo está enseñando puede hacerlo. En realidad, ese símbolo como mucho implica un registro del nombre o marca comercial de la empresa, pero nunca de la técnica como tal.

Los psicólogos inmersos en esta maraña engañan y son engañados. Se crean escuelas terapéuticas con aparentes complejos sistemas que solo unos pocos pueden enseñar. Cual trileros astutos dirigen la atención para que nadie se pare analizar cuestiones como las que aquí señalo. Y mientras hacen el truco de magia, se alejan peligrosamente de la ética profesional y de la base científica que sustenta en realidad el maravilloso hallazgo, todo en pro del auto-mantenimiento.

No es culpa de nadie y es culpa de todos. El profesional que hace esto, solo está tratando de sobrevivir. Ya que nadie nos paga por investigar como algo rutinario, no queda otra que buscarse las castañas, aunque en el camino se están pudiendo hacer cosas verdaderamente poco éticas…

No se está haciendo una buena difusión interprofesional de conocimientos. Se generan grupos de infinitas visiones y procedimientos aparentemente diferentes (aunque inevitablemente muchas hacen más o menos lo mismo con nombres distintos) y se crean divisiones insalvables entre expertos y no expertos. Los psicólogos nóveles se sienten incapaces, y piensan que no pueden aprender nada por sí mismos. Creen que solo si obtienen una certificación concreta (que en muchas ocasiones se vende incluso como “la oficial”) pueden usar esa técnica que sería tal útil con sus pacientes.

Así, la investigación sigue sin avanzar. No hay un esfuerzo común en hacer realmente crecer la psicoterapia, sino que las fuerzas se aglutinan en conseguir recibir dinero por difundir una técnica mágica con nombres y apellidos que se vende como la única y milagrosa.

Y en el camino, nos dejamos a los pacientes y el avance de la ciencia. Los sistémicos no aplican EMDR ni Silla Vacía. Los Gestalt no saben ni que es la reestructuración cognitiva. Los psicoanalistas consideran que los conductistas son unos psicópatas desalmados que no merecen existir. Los profesionales del EMDR consideran intrusos a quienes aprenden la técnica fuera de una determinada asociación (según la cual solo una persona en cada país puede enseñarla) y los cognitivo conductuales férreos creen que el psicoanálisis es una disciplina esotérica merecedora de desprecio. Es penoso y vergonzoso este panorama.

Las formaciones deberían ser un medio de contacto interprofesional y de ahorrar tiempo. Alguien me cuenta en un tiempo condensado los conocimientos sintetizados que ha adquirido a lo largo de años y experiencia; me ayuda a ponerlos en práctica y me corrige mientras lo hago. Pero ese alguien además confía en mí como profesional, y de igual a igual, reconoce al otro como capaz de aplicarlo. No deberían ser solo vías para obtener acreditaciones privadas y falsos derechos de autor.

Los pacientes se olvidan en esta ruta enmarañada de formación. El campo de la terapia psicológica necesita mucho desarrollo, investigación, coherencia y deontología por parte de quienes nos profesionalizamos en ello.

Y en psicología, como en medicina, no existen las patentes. Cualquier procedimiento terapéutico es público y abierto, y cualquier psicólogo sanitario, por supuesto prudentemente y con criterio, tiene derecho a aplicarlo.

 

Nerea Bárez

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Esta entrada fue publicada en 21 septiembre, 2018 por en Artículos, Psicoterapia, Sin categoría y etiquetada con , , , .
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