Nerea Bárez. Psicología y Psicoterapia

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El bien y el mal

En todas las épocas hay algo o alguien que representa el mal. Tal vez nuestro pensamiento tendente a lo dicotómico, tal vez nuestro niño interior, tal vez la necesidad de simplificar la complejidad del mundo…. Sea lo que sea, algo hace que nos guste ver la realidad en términos de “bueno” y “malo”.

Pero el mal es un concepto subjetivo. Surge de la cultura, de los valores morales fijados por defecto en cada momento histórico. No existe el mal más allá del ser humano, sino que éste surge de la mente humana y aparece como herramienta fundamental para percibir la realidad.

Como sugiere Marina (2011), la misma psicología apareció en sus principios como un instrumento aliado de la moralidad. La introspección fue fruto de la necesidad de mirar hacia dentro para buscar el origen de la conducta disfuncional, que no deja de ser un eufemismo para “inmoral”. En palabras de este autor los primeros terapeutas de conducta fueron moralistas. Y yo me pregunto, ¿y los actuales?

Los psicólogos no deberíamos pensar en términos de bien y mal. Sugiero especialmente mirarse a sí mismo para buscar en la sombra aquello que como terapeuta estamos pudiendo despreciar en los otros: “Quien lucha con monstruos debe cuidarse de no convertirse en uno” (Nietsche). Aquello que destierras, que te irrita, que no aguantas en los demás, está siendo eso que no domas en ti mismo, que te acecha en la oscuridad. Esa verdad incómoda sobre el ser humano que te llama desde dentro… ese pequeño sádico interno, esa voz dominante, ese egoísta caprichoso, ese tirano despótico o esa inocente y vulnerable criatura…. Eso que no pudiste aceptar de ti porque otros despreciaron. Eso que otros, en su ignorante sabiduría consideraron “malo” y te hicieron sentir así. Eso que ahora, como psicólogo decides convertir en mal ajeno y modificar en tu consulta. Ojo.

Sea como sea, lo que parece una realidad es que en cada lugar y en cada momento alguien está haciendo algo que otra persona considera terrible. Y es que la sociedad se llena de partidos políticos, posturas ideológicas, ismos y demás organizaciones del pensamiento que no son más que pseudocódigos morales que invitan a decidir qué es bueno y qué es malo.

Tenemos un código penal, un verdadero avance cultural que ha supuesto un adelantamiento tecnológico de toda religión. ¿Para qué necesitamos como sociedad sentir el castigo divino si ya tenemos un castigo terrenal bien establecido? Desde que surgieron las leyes los mandamientos dejaron de tener una auténtica función. Quedaron relegados a la anécdota y fueron sustituidos por códigos escritos y consensuados por personas de carne y hueso que no escuchaban voces de dioses (o al menos, no lo confesaban abiertamente). Sin embargo, esto parece no ser suficiente. Dado que estas leyes pocas veces satisfacen a todos, el ser humano sigue manteniendo la necesidad de autopunición a través de otros códigos paralelos. Como si en el fondo echaran en falta un código no escrito al que recurrir en caso de desorientación. Como si quisieran volver a ese lugar de nadie donde estábamos antes de las leyes. Un retroceso social camuflado como progreso. Una vuelta hacia una época antigua con barniz de renovación.

Quienes son ateos y desean adherirse a un grupo, en ausencia de religión se adscriben a partidos políticos. O se organizan en grupos sociales que más o menos explícitamente marcan cómo pensar y actuar. Buscan el sentido en una estructura con nombre y apellidos. A veces esta estructura es sibilina, como lo fue (y sigue siendo) la bendita religión. Aparece filtrada como pseudociencia, se mete en los esquemas nucleares que cada persona posee como base de su personalidad, y como en su día hacía un fabuloso Dios omnipresente y todopoderoso, se introduce en la mete y hace ver la luz a quien es bendecido con su gracia. Hace sentir a quien lo cree que es verdad absoluta, conocimiento único y posible. Que los demás se equivocan. Que son malos quienes no defienden la misma postura. Que ellos son los buenos. Cual yedi luchando contra la fuerza oscura.

Quien es de izquierdas o derechas, o se autodenomina como “…..ista” (sea lo que sea) siente que ha sido tocado por un dios, aun sin saberlo o decirlo, y que posee en su interior el código ético mejor y superior. Que los demás, los pobres seres inferiores que no han alcanzado semejante divinidad, viven en la oscuridad. Deben recibir algún tipo de enseñanza, alguna clase de instrucción tal y como hacían los misionarios que iban a llevar la palabra del señor a las tierras de los salvajes. Estos pobres salvajes que sin saberlo permanecían viviendo en pecado.

Y aún a los salvajes se los mira con compasión. Pobres víctimas de la ignorancia que no han llegado a la posición de privilegio que dios les otorgó a ellos (etimológicamente hablando, “ley privada, o propia” es decir, única de uno mismo…)

Pero cuando el que vive en esta ignorancia lo hace conscientemente, lo sabe y aún así elige el lado oscuro, esta persona pasa a ser considerada poco menos que un demonio. La encarnación del mal, alguien despreciable, susceptible de ser destruido y enviado de vuelta al hediondo y maligno lugar del que proviene.

Y así crecemos como humanos. Sin poder evitar caer en la tentación de la gracia divina que nos otorga una narcisista sabiduría.

Desde esta posición de privilegio, el ser humano cuadrado por sus códigos éticos se mueve entre nosotros. Nos transmite su palabra subliminalmente. Decide bautizarse como hijo de dios y autoproclamarse, qué se yo: socialista, feminista, ecologista y anticapitalista. Y por supuesto, cataloga como hijo del demonio y portador de un mal intrínseco a quien decide ser lo opuesto. Y sobra decir que en el lado contrario los hijos de Satán en realidad se ven a sí mismos como lo opuesto, lo divino y lo acertado.

Pero bueno, así funciona el ser humano. Con una serie de sesgos y atajos cognitivos que le llevan a clasificar la compleja realidad en dos o tres categorías. Que le hacen sentir que hay algo bueno a lo que aferrarse y que así el mundo loco en el que vive será mejor gracias a él. Que le permiten simplificar algo el caos, rebajar la incertidumbre, controlar lo incontrolable.

Pero el mayor peligro viene cuando este ser humano se coloca tras un diván y le cuenta a otros cómo deberían ser adecuadas sus conductas para dejar de hacer el mal. Se permite el lujo incluso de despreciar a otros, de considerarlos dignos de destierro desde su posición de poder ideológico camuflado tras el título académico. Los patologizan o todo lo contrario, los despatologizan y simplemente los consideran perversos. Se llaman psicólogos y creen que este código ético surge de su saber científico. Creen que pueden hablar de ideas, códigos e ismos como si hablasen de verdades empíricas, y lo hacen privilegiadamente, con poder y con soberbia. Y es que desde esta posición, en nombre de uno de estos ismos la conducta humana se simplifica al máximo y se rebaja a un par de cuestiones que no obedecen en realidad a lógica científica alguna. Pero el ser humano, como el mundo es un caos complejo. Y sin la idea del bien y el mal, nos perdemos y no sabemos entonces funcionar.

Que miedo me ha dado siempre esto cuando pensaba en religión. Que miedo que un psicólogo pudiera ser cristiano, budista, musulmán o judío. Y que miedo me está dando ahora con las religiones modernas, camufladas como códigos morales.

Tras mi arduo trabajo interior que me llevó a despojarme de todas las ideologías posibles, me encuentro tan sorprendida de que otros ni si quiera se den cuenta, que me hace dudar de mi propia maldición. ¿Y si yo también estoy siendo bendecida por la luz del dios al que tan poco aprecio? ¿y si mi ausencia absoluta de códigos ideológicos es una forma de maldad que me seduce desde las profundidades?

Mientras tanto, aquí sigo. Buscando la magia en la ciencia y entendiendo tanto a ismos como a dioses como fenómenos psicológicos a estudiar.  

Como dice Shawn (2019), “Asesino, violador, ladrón, mentiroso, psicópata, pedófilo. Son etiquetas que colgamos a los demás basándonos en nuestras percepciones de lo que ellos deben ser, dado su comportamiento. Una palabra que pretende resumir el verdadero carácter de una persona y desacreditarla, menospreciarla, para así decirle a los demás que no se puede confiar en ella. Esa persona es dañina, no es en verdad de hecho una persona, es una suerte de terrible aberración por la que no deberíamos sentir ninguna empatía. […] Pero, ¿Quiénes son esas personas? Si pensamos que todos y cada uno de nosotros hacemos con frecuencia cosas que los demás calificarían de despreciables, esto nos ayudaría a comprender la verdadera esencia de lo que llamamos el mal”.

Nerea Bárez

Referencias citadas:

Marina, J.A. (2011). Pequeño tratado de los grandes vicios.

Nietzsche, F. (1886) Más allá del bien y del mal.

Shaw, J. (2019). Hacer el mal: Un estudio sobre nuestra infinita capacidad para hacer daño.

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Esta entrada fue publicada el 11 diciembre, 2019 por en Sin categoría.
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